Yoni Cruz

Periodista y diseñador gráfico

“Nada fertiliza más una planta que la energía de una embarazada primeriza”

por | Jul 23, 2021 | Arrocero de Bonao | 0 Comentarios

El campesino agricultor tiene un cúmulo de sabidurías acerca de la madre Natura que a veces hasta el más erudito queda sorprendido. Crecer en el campo, rodeado de gente que vive y convive con lo que la tierra les provee, es una enriquecedora experiencia. Esa es la razón por la que, siempre que puedo, aconsejo que si le tocó crecer en la ciudad, no pierda la oportunidad de visitar el campo y conversar con cualquier campesino, en especial si es agricultor, y así nutrirse de conocimientos ancestrales inimaginablemente útiles.

Es que en ellos residen conocimientos que se han transmitido generación tras generación, respuestas que desde sus orígenes el hombre les fue dando a sus inquietudes y necesidades, diferentes según lugar y circunstancias, experiencias que han permitido al hombre sobreponerse a la adversidad y las limitaciones que solo el tiempo y los avances de la ciencia han podido solucionar en mayor o menor medidas.

De mi niñez conservo el recuerdo de cosas cotidianas, que luego, tras avanzar en los estudios de secundaria y más adelante como universitario, me empezaron a no parecer tan simples. Por ejemplo, mi padre, que era un agricultor muy teñido por el sol y la tierra, acudía a conocimientos que ponía en práctica con toda la certeza que la experiencia le garantizaba. Por ellos sabía que el mejor mes para sembrar guandules en Los Arroces, en Bonao, era agosto, pues la planta crecía mucho más alta, el grano era grande y aunque tardaba más para florecer, al final la producción era mayor.

Papá conocía con exactitud qué día era luna nueva o cuarto menguante. No sabía leer las manecillas del reloj, pero cuando teníamos que salir de casa a alguna hora del día o la madrugada, él sabía casi con la precisión de Cronos qué hora era. Del mismo modo, con solo mirar hacia el sureste de Bonao podía pronosticar si iba a llover sobre el valle, y hasta en cuánto tiempo llegaría el aguacero o la tormenta.

Cada planta tenía sus misterios de cultivo. Por ejemplo, la lechosa a veces nace “macho”, es decir, tiene flores que no pueden polinizarse, y por tanto, no germinan. Entonces, papá conocía técnicas que hacían que se convirtiera en “hembras”, fuera  fértil y produjese frutos.

A veces, en conversaciones entre papá y su colega don Isaías los oí decir que “nosotros hablamos con las matas y ellas nos dicen sus secretos”. Y efectivamente, llegué a mirar a papá, cuando íbamos al conuco, que mientras quitaba bejucos o eliminaba malezas, hablaba con las plantitas. En mi curiosidad infantil aguzaba el oído para tratar de escuchar “la conversación”, pero confieso que alguna vez temí por la cordura de aquel viejo campesino.

Pero había costumbres que aún hoy me pregunto cuál era el objetivo y cuánto les funcionaba. Don Mingo era un agricultor que cultivaba batata, yuca y plátano. Tenía un conuco de unas siete u ocho tareas. Pero entre una cosecha y otra, sembraba auyamas. Y cuando llegaba la primera floración, él, como muchos otros, las cortaba y las lanzaba al camino, para que la gente que pasaba las pisara. ¿Qué esperaba con esta acción? Oía decir que la siguiente floración sería más abundante, y las auyamas también más grandes y carnosas.

Para don Mingo, el premio mayor era cuando se enteraba que una mujer iba a ser madre por primera vez. Iba a la casa de la nobel embarazada, hablaba con ella y el marido, y de alguna manera los convencía de que ella fuera a su plantación a cortar las flores, y a lanzarlas al camino. Cuando iba a nacer mi primer hijo, acudió a mí para que le permitiera a la esposa participar de su ritual.

Ante mis preguntas, don Mingo me confesó que la energía positiva que la futura madre poseía influía en las plantas, estimulándolas en su fertilidad. “Nada fertiliza más una planta que la energía de una primeriza”, me respondió sentencioso. Lo que nunca me quiso decir fue qué obtenía de las pisadas de la gente sobre las tiernas flores amarillas cortadas y lanzadas a la vía.

Un par de meses después, una fresca mañana el orgulloso agricultor llegó a mi casa con una frondosa auyama en brazos, y con una sonrisota se la entregó a la joven embarazada, diciendo: “Esa e suya. La auyama parió primero, ¡mire que cosa má’jeimosa eta!”.

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