Yoni Cruz

Periodista y diseñador gráfico

¿Por qué no sembramos árboles frutales en los espacios públicos de la ciudad?

por | Ago 9, 2021 | Arrocero de Bonao | 0 Comentarios

Por Yoni Cruz

 

Hasta el paso del huracán David y la tormenta Federico, en 1979, recuerdo que en temporada de mangos, los montes y las orillas de los ríos de los campos de Bonao se llenaban de gente “del pueblo”, que venían a “marotear”. El resto del año era común ver los montes llenos de muchachos recogiendo guayaba silvestre, naranja, guineos, limoncillos, pomos, caimito, buen pan, cajuiles, chinola, zapote, jagua, algarrobo, mamón, guanábana y muchas otras frutas. Y por supuesto, habitaban toda clase de animales, especialmente aves e insectos.

Cuando vine a residir a la capital, para ingresar a la universidad, hallé que habían sembrado muchos árboles en las calles de la ciudad. Finalizaba la gestión de José Francisco Peña Gómez en el Ayuntamiento del Distrito Nacional, que desde que llegó a la posición en 1982 mostró un vivo interés en la arborización de las calles y espacios públicos de Santo Domingo, que padecía de una escasez de árboles. Pero su proyecto no tuvo la suficiente asesoría de expertos, y llenaron la ciudad de árboles no adecuados; de hecho, algunos con propiedades tóxicas.

Me llamó la atención que en calles y paseos crecían miles de árboles de jabilla extranjera (Aleurites fordii, o árbol de aceite y árbol de tung), una planta que produce daños estructurales a aceras y contenes, su fruto es tóxico e impide el crecimiento de otras especies; es un árbol que bien puede ser plantado en fincas para obtener aceite, pero no es adecuado para fines paisajísticos.

También se introdujeron especies como la gina, acacia amarilla, laurel, ficus (esta planta destruye tuberías en busca de agua), caucho, entre otras. Para mí, un muchacho que venía de un campo donde los árboles frutales crecían silvestres, me pareció raro que en nuestras calles no habían plantas de mango, zapote, o naranja.

Más recientemente, durante la gestión de Roberto Salcedo, se procedió a sustituir muchos árboles de jabilla y otras especies inadecuadas, para colocar palmeras (muchos criticaron el alto costo de cada planta), que si bien son hermosas y estéticamente correctas, no son apropiadas para la arborización en toda la ciudad, al tiempo que requieren de una atención especial, pues sus pencas se desprenden y pueden caer encima de los vehículos y provocar accidentes.

¿Por qué mejor no sembramos frutales?

Resulta extraño que no se tome en cuenta los árboles frutales para plantarlos en las aceras, parques y áreas verdes de la capital, una tendencia que se arraiga en las capitales de muchas ciudades importantes de nuestra América Latina, donde se plantan frutales que no solo aportan sombra y belleza, sino que proveen de flores para las abejas, y alimento para las aves.

Por ejemplo, el Parque Mirador Sur fue diseñado sin árboles frutales. Apenas he visto algunas plantas de cajuil, almendros (que aunque lanzan muchas hojas, son apropiadas en parques y zonas costeras como el Malecón) y creo que una que otra de mango. Aves como los pericos de la Hispaniola hallan allí un espacio ideal, pues los pinos les garantizan alimento. Sin embargo, otras aves no hallan allí frutas para alimentarse, lo que evita que se pueda disfrutar de mayor presencia de esos animales.

Frente a mi residencia hay media cuadra sembrada con árboles frutales. En menos de 100 metros hay plantados mango, tamarindo, jagua, cajuilito y níspero. Durante todo el año las aves vienen a comer diferentes frutas. Pericos, ciguas, pájaro bobo y carpintero, así como otras especies se posan felices a alimentarse de las frutas producidas. A pesar de que hace más de siete años que están plantados allí estas especies frutales, no ha habido ningún daño a la acera y refrescan el lugar con su sombra.

Esta idea de un vecino del ensanche Evaristo Morales ha demostrado que es viable plantar árboles frutales en los espacios abiertos de la ciudad. Nada más hermoso que ver una mata de mango parida, o un cerezo lleno de puntos rojos, o un inmenso níspero o zapote. ¿Por qué empeñarnos en tener solo árboles que no aportan frutas?

 

Proyectos exitosos

Existen países, como Argentina, que han desarrollado proyectos de siembra de árboles frutales en las aceras y los paseos de las vías públicas. Uno de esos proyectos, “La ciudad nos regala sabores”, realiza recorridos por los barrios y enseña a los moradores a reconocer cada especie frutal, a cuidarlas, recolectar sus frutos y distribuirlos entre los vecinos.

Plantar árboles frutales en las calles de la ciudad ofrece importantes ventajas, como aire más limpio, disminución de la contaminación y la proliferación de aves, insectos y reptiles beneficiosos para el medio ambiente. Además, es más fácil educar al ciudadano para que proteja un árbol frutal que a uno venenoso.

Por otro lado, los árboles frutales pueden convivir con otras especies como palmeras, caoba, cedro y demás, lograr una simbiosis estética que aporta mucho al paisajismo de la ciudad. Solo imagine una avenida que en su paseo intercala caoba con naranjos, o nísperos, o mangos. ¡Ni las flores son más hermosas que un árbol lleno de frutas!

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