Por Adrian R. Morales

Fotos: Ricardo Hernández

 

Ibeth Guzmán no soñaba con ser escritora ni le apasionaban las letras. De niña se imaginó graduándose de abogada o doctora en medicina. Las letras fueron un vínculo que la unió de una manera distinta con su padre, a quien siempre veía leyendo. “Yo sentía el llamado, la lectura, el silencio y esa relación íntima con la palabra. Pero nunca pude ver un futuro atado a esa cercanía con la literatura”, confiesa en entrevista exclusiva para Fucsia.

Al preguntarle si el confinamiento por la pandemia fue productivo para ella, como lo fue para otros escritores e intelectuales, responde que al principio lo consideró como una derrota individual y colectiva, un prolongado momento “en el que todo en lo que creíamos se desvanecía”.

Luego se dio cuenta de que la pulsión de existir no se limitaba a las formas en que las representamos, “sino que siguen estando dentro de nosotros y lo único que necesitamos es una nueva manera de comunicarlo”. Al día de hoy Ibeth ve esa época de aislamiento como el aprendizaje y la prueba de existencia más grande que le ha tocado.

De Cruce de Guayacanes, en su natal Valverde, Mao, recuerda los días de la escuela primaria: “Mis amigas de entonces, esa suerte de comunidad especial que formábamos con solo encontrarnos a la hora de cantar el himno nacional”. Dice que eran tres y ese magnetismo atraía temporalmente a otros que iban y venían. “Conocíamos la intimidad de nuestros hogares y nos tratábamos en un espacio fronterizo entre el cariño, cierta crueldad y el cuidado mutuo”.

Foto: Ricardo Hernández

FUCSIA: Además de esos recuerdos escolares, ¿alguna remembranza en especial relacionada con la naturaleza: flores, frutas, plantas, árboles?

IBETH GUZMÁN: En el patio de la casa teníamos un limonero, un cerezo criollo y uno de ajíes caribe. Las cerezas maduras y los ajíes eran muy parecidos y ambos árboles estaban sembrados muy cerca. La mata de cereza no conservaba por mucho tiempo sus frutos y la otra sí. No sé si tengo que explicar lo que sucedió a varios visitantes. (Risas)

F: ¿En qué medida ha estado presente tu pueblo en tu obra?

IG: Ser de pueblo, de campo, implica una actitud hacia la vida. En los pueblos existimos bajo la mirada constante del otro, participamos en la construcción de una narrativa común. Eso influye en mi manera de procesar al extraño, buscando siempre las causas de sus acciones y reaccionando ante él o ella bajo una estela muy cerca del perdón y esa actitud me trae múltiples decepciones que son las que muchas veces dan origen a mis historias.

F: ¿Recuerdas la primera pieza literaria que leíste y tuvo gran impacto en ti?

IG: Fue un cuento y me estremeció hasta el temblor. Se trata de “La nochebuena de Encarnación Mendoza”, de Juan Bosch. Esa persecución ligada a la transparente inocencia de un niño fue en esencia una electrocución literaria para mí.

F: ¿Tienes plantas?

IG: En mi casa hay una especie de microecosistema autosostenible que ha sobrevivido a mi falta de cuidado y atención. Pienso que son las plantas más fuertes del planeta y creo fervientemente que han tomado la decisión de existir en un espacio íntimo y propio al que no me dejan entrar.

F: ¿Por qué te has inclinado por el microrrelato? 

IG: Siento que es mi manera natural de expresarme. Es la forma en la que pienso, veo el mundo. Simpre tiendo a recoger conceptualmente lo que sucede y expresarlo con brevedad. Por eso siempre estoy pensando, analizando hasta las nimiedades más insignificantes.

F: A pesar de ser llamado género mínimo, el microrrelato es un reto creativo. ¿Lo consideras más inmediato y contundente a la hora de llegar al lector, como una bofetada para que reaccione a ese instante creado por el autor?

IG: Los considero atractivos por la brevedad, pero esa brevedad es tabién una trampa. Porque los caminos que abre un buen texto breve son infinitos. La mente del lector lo que recibe es el germen de futuros nacimientos creativos que le brotarán a la hora de la lectura y mucho tiempo después.

F: Creo que fue Juan Bosch quien dijo  que la novela es extensa, el cuento es intenso, ¿y qué sería el microrrelato? 

IG: Eterno.

F: He escuchado de otros escritores que el microrrelato es como el resumen magistral de un cuento. ¿No encuentras ese comentario un tanto despectivo?

IG: Volvemos a la trampa de la brevedad y a esa visión de que el escritor debe contarlo todo. Muy por el contrario, es una invitación a atrapar lo intangible para que se recree en la mente de cada lector.

F: ¿Existe una fórmula para escribir un buen microrrelato?

IG: Siempre lo defino como la captura de un instante, un dardo envenado, una bomba expansiva, la realidad de un universo capturado en las posibilidades más mínimas de su existencia, lo más cercano a un teorema de la vida.

F: ¿Con cuál de tus obras literarias te identificas más?

IG: Tierra de cocodrilos, ahí fue que me dije: “Ah, pero yo lo que soy es escritora. ¡Qué vaina!”. Y esa forma de asumirme fue hacer las paces con mi constante inconformidad. 

F: ¿Qué te satisface más de tu faceta de escritora?

IG: Poder escribir. Saber que le tengo una ventana de salida al sufrimiento.

F: ¿Planes literarios que se puedan revelar? 

IG: Mi próximo libro de poesía, que ha sido una gran revelación para mí. Albergue de fantasma me dictó una nueva manera de leer y pensar la poesía.

F: La autopublicación, ¿bendición o maldición para los escritores noveles que no logran seducir a las editoriales?

IG: Una salida a la realidad del libro dominicano. Que un autor o autora se autopublique es una ruptura de algo a lo que siempre debemos asistir y estar atentos. Nace un libro de una voluntad y una persistencia, solo queda leer y aplaudir.

F: Nuestro sistema está necesitado de una academia de libre pensamiento e inclusiva. Creo que los “Diálogos Académicos” que iniciaste desde tu cátedra en Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) sensibilizan sobre eso y más. ¿Cómo surgieron? ¿Qué experiencias te han dejado?

IG: Iniciaron presencialmente en la Facultad de Humanidades de la UASD. Lo vislumbré como una manera de quitar el estigma que pesaba sobre ciertos temas de investigación y también buscando educarnos en el diálogo franco y democrático. El conocimiento existe gracias a los puntos de vista encontrados, y que dos entidades o personas no compartan una postura no significa que deben enemistarse. Pienso que aún tenemos mucho que aprender como sociedad a expresar nuestras ideas sobre el marco de la construcción y no de lo contrario. Aprender del otro, aunque piense distinto. Mirar el debate como una vía natural para la solución de problemas.

F: ¿Qué te llena más de la labor como profesora? ¿Mermó el ímpetu al instaurarse las clases virtuales?

IG: Debemos pensar que las clases virtuales llegaron en un momento de incertidumbre y de crisis cuando eran la única modalidad posible. Pero si lo miramos en perspectiva, los maestros le dimos al mundo esperanza cuando todo parecía perdido. En lo personal, las clases virtuales me parecen una solución educativa. Lo que sí debemos es ir ajustando el radar para saber cuándo acudir a esa solución y cuándo es necesaria alguna otra.

F: ¿Alguna flor favorita que te haya llamado la atención desde siempre?

IG: El girasol, una flor que tiene fuerza, belleza e inteligencia. Una verdadera heroína de la flora terrestre.

 

Breve bibliografía

Ibeth Guzmán (Cruce de Guayacanes, Valverde, Mao, 1983). Narradora, ensayista, docente e investigadora universitaria. Realizó una Maestría en la Enseñanza del Español en la Universidad de Alcalá de Henares, y un Doctorado en Estudios del Español, Lingüística y Literatura en la PUCMM. Ha publicado los libros de microrrelatos: Tierra de cocodrilos (Isla Negra, 2012), Yerba mala (Hojarasca, 2015)  y Tiempo de pecar (Isla Negra, 2017). Coautora de la antología Voces del valle (Ediciones Ferilibro, 2005) y autora de la antología de mujeres microrrelatistas: Mujer en pocas palabras (Letra Negra/Ferilibro, 2013). Publica la columna de comentarios críticos de literatura “Qué leer” en el periódico Listín Diario. Textos suyos han sido recogidos en las antologías de microrrelatos Meter un gol (Letra Negra, 2014) y Short Stop (Letra Negra, 2015). Ha publicado artículos académicos en la revista Cuadrivium.

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