Por Amalia Bobea, arquitecta. @abjardininterior

Cuando en las clases de paisajismo al maestro Mamoru Matsunaga le preguntaban sobre una de sus más conocidas obras, el Jardín Japonés del Jardín Botánico, el solía aclarar que un jardín japonés solo existe en Japón, y que ese jardín que nosotros conocemos, a pesar de su estilo, es realmente un jardín dominicano.

Es ese uno de mis lugares favoritos de la ciudad de Santo Domingo, que guarda un encanto singular, en el que puedo percibir la tranquilidad y apreciar el equilibrio y belleza en cada uno de sus componentes: su puerta de acceso o Torii que marca la entrada a un espacio sagrado, las araucarias y bambúes que sirven de fondo y delimitan el espacio, los árboles y arbustos manipulados con formas topiarias, las flores de ixora o coralillo a lo largo del camino de piedra, el gran lago con sus islas y su famoso puente rojo, el preferido para tomar fotos; además de las grandes piedras colocadas de forma rítmica, la configuración del terreno a modo de suaves colinas y todas las criaturas que en él habitan: tortugas, patos, peces, insectos, aves y mariposas.

En este jardín “japonés dominicano”, más allá del talento creador del maestro Matsunaga, se aplicaron principios de composición característicos del estilo oriental. Un estilo que es mucho más profundo de lo que lo que comúnmente conocemos, como es incorporar plantas con forma de bonsái, los desniveles del terreno, el uso de piedras escultóricas y grava.

Jardín Botánico Nacional. Foto: Amalia Bobea

Para conocer los secretos subyacentes en los jardines japoneses debemos adentrarnos en su filosofía, religión e historia, la cual es bastante amplia. De acuerdo con la forma de pensar oriental, la tierra y las piedras poseen su propia conciencia. La jardinería se relaciona, además, con la búsqueda del “paraíso del loto”, tema filosófico vinculado con el despertar de la consciencia, que es como cuando se abre una flor en el universo. Por otro lado, existe una veneración a la naturaleza, que proviene de la religión sintoísta.

En cuanto al aspecto estético, el texto más antiguo sobre la jardinería japonesa, el Saku tei-ki, establece las composiciones triádicas como un principio fundamental, que presenta distintas versiones a lo largo de la historia. La triada es un principio estético arquetípico (cielo, tierra, hombre), donde el cielo es el fondo (un conjunto de árboles o elementos emergentes), el hombre es el elemento principal del jardín (puede ser una planta protagonista o piedras escultóricas) y la tierra son los elementos bajitos, que sostienen al hombre (arbustos, herbáceas, plantaciones en masa que sirven de relleno).

Dicho principio también es aplicado en el arte de componer con flores –o ikebana– y en el bonsái. En las composiciones triádicas se logra el equilibrio a través de los números impares.

Otro punto importante para entender los secretos del jardín japonés es su historia. El jardín japonés posee una serie de expresiones dado su contexto histórico e influencias de China y Corea, cada una con características distintas; pero en general cada una reproduce el intento de conseguir unidad entre belleza natural y la forma perfeccionada por el hombre. Es una simbiosis entre arte y naturaleza, y se persigue, más que imitarla, simbolizar sus manifestaciones externas e internas.

Por ejemplo, existió una época que estuvo influenciada por la civilización china. En ella los paisajes estaban inspirados en lagos e islas y eran creados para ser recorridos en barcas (paisaje sansui de montaña y agua). Tomemos en cuenta que en Japón la mayor parte del terreno es montañoso y existen incontables islas.

Influencias de China y Corea

De igual modo, existió otra época en la jardinería japonesa de influencia china y coreana, en la que predominaba la doctrina busdista zen, que en el arte del jardín se manifestó como jardines secos, hechos de rocas en arena o “kare sansui”.  Estos eran jardines de contemplación, que imitaban la esencia interna de la naturaleza.

A esta época corresponden los famosos Jardines del templo Ryoan-ji, en Kioto, compuesto por quince piedras y arena, sin plantas, a excepción del musgo que crece sobre las piedras. Un jardín caracterizado por la asimetría, simplicidad y serenidad, para contemplar y meditar.

Otra época muy conocida fue la Edo, con jardines más ricos en elementos, que es el tipo de jardín japonés que nosotros conocemos. Estos simbolizaban las características externas de la naturaleza. Eran jardines simbólicos, que representaban de una forma reducida paisajes típicos como el monte Fuji y otras sitios de Japón.

Estos jardines contienen los característicos puentes, estanques, las linternas, los senderos, trazados sinuosos, nada de caminos rectos ni simetrías. Se da una contraposición entre la forma natural en el jardín y el ángulo recto desde los interiores de los recintos, los cuales estaban magistralmente ubicados, con vistas espectaculares.

De forma muy resumida estos son algunos secretos de los jardines japoneses, los cuales nos pueden servir para inspirarnos y no simplemente para imitarlos tal y como son. Podemos, tal como hicieron esos paisajistas, apreciar nuestros recursos, nuestra flora y fauna autóctonas, aprovechar la belleza escultórica de las piedras y simbolizar en los jardines nuestras cordilleras, valles, ríos y cascadas. También tomar de nuestra historia y cultura y a través de los jardines conectar con nuestra esencia dominicana.

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