Por Frank Moya Pons *

Algunos viajeros extranjeros que anduvieron por el país en el siglo XIX escribieron acerca de las viviendas campesinas y su entorno. Unos dieron cuenta de los cultivos comerciales del campo dominicano, como el tabaco, mientras otros mencionaron las muchas de las plantas y animales domésticos utilizados por los habitantes del país.

El carácter meramente descriptivo de esas relaciones muchas veces deja en el lector la impresión de que esas plantas y animales siempre habían estado en el país pues estas eran crónicas escritas por personas criadas en las zonas templadas del planeta, poco familiarizadas con los trópicos. Sin embargo, una mirada más atenta a los conucos campesinos señala que para mediados del siglo XIX el paisaje nacional había sido sustancialmente modificado por la introducción y adaptación de nuevas especies sin romper con la continuidad de los cultivos de plantas antiguamente domesticadas por los taínos.

Dos tipos de conucos eran visibles entonces: el comercial y el familiar. En el primero los campesinos sembraban tabaco, maíz, frijoles, arroz, maní y, en las zonas cuya ecología lo permitía, algún café. De la cosecha de estos cultivos los campesinos tomaban para su consumo una parte y llevaban los excedentes al mercado para obtener dinero en efectivo con el que adquirirían mercancías.

El segundo era el jardín familiar, esto es el terreno alrededor de la vivienda, o muy cercano a ella, en donde la familia campesina cultivaba una amplia variedad de árboles frutales y arbustos y yerbas medicinales, entre los cuales alternaban algunas plantas de café y cacao.

La formación de los jardines campesinos es un proceso que todavía espera ser estudiado por los historiadores pues su importancia aún no ha sido comprendida por los que estudian la evolución de la sociedad dominicana. Pocas personas reparan en que la conformación del espacio alrededor de las viviendas campesinas ha sido el resultado de varios siglos de experimentación con muchas especies y variedades de plantas.

Aun cuando algunas plantas pudieron haber llegado accidentalmente a ciertas localidades, su preservación fue y sigue siendo un proceso de selección genética consciente por parte de nuestros campesinos. En este proceso el papel de las mujeres fue decisivo ya que fueron estas las que más frecuentemente tenían que tomar la decisión de disponer el destino de las semillas de las frutas comestibles así como de la multiplicación de vástagos.

Los primeros campesinos europeos que ocuparon los antiguos jardines taínos aprendieron y asimilaron casi inmediatamente el uso de ciertas plantas, adaptándose a ellas y aprendiendo sus ciclos. Se desarrolló así un jardín colonial que combinaba, unas más, otras menos, plantas de yuca, batata, ahuyama, guayaba, guanábana, limoncillo, mamón, anón, ají, lechosa y piña, mezcladas con naranjas, limones, toronjas y granadas españolas, entre otras.

Más adelante, cuando el continente americano sucumbió a la invasión española, los conquistadores y otros viajeros empezaron a importar diversas plantas procedentes de otras sociedades aborígenes. Así llegaron el cacao, el níspero, el zapote y el aguacate de México; la papa y el tomate del Perú; el cajuil de Brasil; y el granadillo y la parcha de Venezuela y Colombia. También llegaron otras plantas de África, algunas directamente, como el guineo y el ñame, o indirectamente por vía de las Islas Canarias, como el plátano.

Algunas plantas tuvieron un origen más lejano luego de un largo tránsito desde Asia, como el mango, el tamarindo, el jengibre, la cañafístola y la caña de azúcar, aunque esta ya había sido cultivada en las islas del Mediterráneo y, posteriormente, en las Azores y las Canarias, en el Atlántico.

El café también llegó a la isla de Santo Domingo después de haber pasado por un largo proceso de adaptación en África y Asia. Algunas personas todavía ignoran que las primeras plantas de café fueron llevadas por los holandeses a Surinam en 1720 y por los franceses a Martinica y Guadalupe en 1723. De estas islas francesas pasó a la colonia de Saint Domingue casi inmediatamente.

Dos plantas cuyos frutos han sido siempre de gran consumo por la población campesina fueron importadas de las islas del océano Pacífico: el cocotero y el árbol del pan, en sus dos variedades (llamadas en el país castaña y buen pan).

Si el lector quiere saber cuánto ha cambiado la ecología de la isla de Santo Domingo en los últimos 500 años, solo tiene que echar una ojeada hacia los jardines campesinos. Allí descubrirá que gran parte de una vegetación que mucha gente tiene hoy por criolla desciende de plantas importadas.

En estos últimos cinco siglos los campesinos dominicanos, al igual de que los de casi todo el planeta, han tenido a su cargo la selección genética de las plantas que hoy conforman el paisaje rural y, más particularmente, el entorno de las viviendas rurales.

*Artículo contenido en el libro “La otra historia dominicana”, del historiador Frank Moya Pons. Edición 2009. La publicación en la revista Fucsia ha sido autorizada por el autor.

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