Por Frank Moya Pons *

(I de III)

A pesar de haber sido durante muchos años uno de los principales productos de exportación del país, muchos dominicanos todavía desconocen cómo llegó este grano a la isla. Esta historia es interesante pues muestra que el café llegó tardíamente a América; eso es más de doscientos años después de la invasión de Colón.

En los momentos en que Colón desembarcaba en esta isla, el café era casi desconocido por la mayor parte de la población europea, aunque su consumo ya estaba difundiéndose por el Oriente Medio y algunos europeos empezaban a consumirlo como una curiosidad culinaria. En los dos siglos siguientes los comerciantes holandeses difundieron el café por Europa y en algunas ciudades aparecieron los llamados “cafés”, en donde se sorbía esta bebida, se fumaba y se tomaban algunos licores.

En América, mientras tanto, el café no se consumía, pues nadie lo había plantado. En realidad, la primera planta de café fue sembrada en 1714 en Surinam, entonces colonia holandesa. Allí se hicieron las primeras plantaciones, bastante pequeñas al principio. Viendo el éxito de esas plantas en el trópico caribeño, los británicos introdujeron el café en Jamaica en 1718, dando inicio así a sus primeras plantaciones.

Durante un tiempo Jamaica se convirtió en el principal productor de este grano en las Antillas, pero los ingleses pronto empezaron a sentir la competencia de los plantadores franceses de Martinica, que introdujeron el café en esta isla en 1721. Por el pequeño tamaño de esta colonia francesa, la competencia martiniquesa no podía alcanzar la producción jamaiquina. Para ampliar su producción, los franceses fomentaron las primeras siembras en su colonia de Saint-Domingue a partir de 1725.

En ese año los jesuitas llevaron las primeras plantas al norte de lo que hoy es Haití, y al año siguiente los plantadores del sur adoptaron este cultivo en sus tierras altas.

Brasil, que se convertiría en el mayor productor mundial de café, recibió sus primeras plantas en 1727, lo cual da una idea de la tardanza de este grano en convertirse en un producto de consumo masivo en el mercado mundial. Con todo, para esta época el café se consumía bastante en Francia e Inglaterra, endulzado con azúcar, cuyo creciente consumo estimulaba la construcción de nuevos ingenios y las plantaciones en las Antillas.

La apertura de nuevas plantaciones de café en las islas del Caribe preocupó a los comerciantes que importaban café desde Asia y por un corto tiempo, hasta 1735, el gobierno francés trató de impedir la entrada a Francia de los cafés antillanos.

El crecimiento de la demanda y el contrabando de este producto obligaron al gobierno metropolitano a romper esta prohibición. A partir de ese año el café de las islas francesas pudo entrar libremente a Francia.

Así comenzó una “revolución cafetalera” en las tierras altas y húmedas de la parte occidental de la isla de Santo Domingo que dio por resultado que en 1750 se pudieran contar en la colonia francesa de Saint-Domingue más de 20 millones de plantes de café, de acuerdo con fuentes de la época. Quince años más tarde, en 1765, este número se había quintuplicado y los colonos franceses reportaban tener sembrados en el territorio de Saint-Domingue más de cien millones de plantas de café.

De la parte occidental de la isla, el café emigró hacia la colonia española y algunos campesinos optaron por sembrarlo en sus patios y alrededor de sus conucos. Poco a poco, en la segunda mitad del siglo XVIII el café se introdujo en la dieta colonial dominicana, pero sin llegar a desplazar al chocolate que los criollos consideraban una bebida más suculenta y nutritiva.

El primer empuje sistemático que experimentó el café en la parte dominicana de la isla tuvo lugar durante los años en que Francia gobernó de hecho la antigua colonia española de Santo Domingo, esto es, entre 1802 y 1809. Entonces, las autoridades apoyaron a los colonos franceses que se habían refugiado en Samaná y otras partes de la isla huyendo de la Revolución Haitiana y que se dedicaron a la siembra de café para la exportación.

Algo similar ocurrió en Cuba en las estribaciones de la Sierra Maestra con los refugiados franceses que huyeron de esta revolución y fueron acogidos por el gobierno colonial cubano en la misma época. Luego de la Revolución, el azúcar dejó de ser el principal producto de exportación de la economía haitiana, quedando el café entonces como principal renglón agrícola destinado al mercado externo.

En Santo Domingo, en cambio, el café no adquirió mucha importancia en los primeros años del siglo XIX debido a que la población prefería la ganadería y los cortes de caoba, pero una vez que la parte del este de la isla fue incorporada por Jean Pierre Boyer a la República de Haití en 1822, el cultivo del café fue firmemente fomentado por los gobernantes haitianos.

Un interesantísimo censo agrícola realizado por el gobierno haitiano en 1839 registra la mayoría de las plantaciones y conucos de café fomentados en la parte dominicana durante la Ocupación Haitiana.

 

*Artículo contenido en el libro “La otra historia dominicana”, del historiador Frank Moya Pons. Edición 2009. La publicación en la revista Fucsia ha sido autorizada por el autor.

 

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