Por Frank Moya Pons *

(II de III)

Algunos viajeros que visitaron la isla de Santo Domingo a finales del siglo XVIII reportaron en sus crónicas y cartas que mientras en la colonia francesa de Saint-Domingue se cultivaba café extensamente, en la parte española de la isla esta planta era casi desconocida. Los habitantes de la colonia de Santo Domingo, en cambio, cultivaban cacao, no para la exportación, sino para consumo interno. La infusión de chocolate con agua o leche era la bebida más importante de la dieta colonial dominicana.

El café fue un producto de consumo más tardío, y aunque algunas familias importaron de la parte francesa algunas semillas, las plantas que hubo en Santo Domingo hasta la Dominación Haitiana eran cultivadas como curiosidades botánicas más que como cultivos comerciales.

El café comenzó a sembrarse comercialmente en la parte dominicana por instrucciones del gobierno haitiano del presidente Jean Pierre Boyer, pero las primeras fincas cafetaleras no generaron exportaciones. El censo agrícola de la isla realizado por el gobierno haitiano en 1839 menciona varios centenares de fincas de café, pero muchas de esas fincas eran todavía incipientes.

En los 30 años siguientes el cultivo del café se extendió lentamente y el producto se incorporó poco a poco a la dieta dominicana, pero no fue hasta 1868 que comenzaron los primeros embarques de café hacia el extranjero. En ese año se exportaron 3.487 quintales de café en grano.

El cultivo del café recibió un importante impulso en 1867 cuando el Gobierno dictó una nueva ley de franquicias agrarias que vino a completar la intención de la primera ley de agricultura de 1848. Estas leyes y la creación de comisiones de agricultura en las cabeceras de provincias contribuyeron a fomentar los cultivos de exportación. Le ley de 1867 ofreció incentivos especiales a los dueños de fincas y haciendas que sembraran también otras plantas comerciales, entre ellas, el café.

Entre los incentivos ofrecidos a los cafetaleros figuraban de manera preferente la exención del servicio militar obligatorio a los dueños de los predios y sus hijos varones, la donación de tierras estatales para el desarrollo de fincas no menores de 50 tareas y premios en efectivo por cada 10.000 matas de café sembradas.

El desarrollo del cacao también fue objetivo de incentivos similares bajo el razonamiento de que ambos cultivos se sembraban una sola vez y así el Estado erogaba los pagos de esos premios en una sola ocasión. Los plantadores de tabaco, por el carácter rotatorio de este cultivo, no recibieron igual tratamiento.

Las leyes de incentivos y franquicias agrícolas estimularon a muchos campesinos y hacendados a establecer fincas, haciendas y plantaciones en zonas poco pobladas del país, y pronto empezaron a verse los frutos. Las zonas montañosas y las tierras llanas cercanas a las poblaciones de San Cristóbal, Baní, Azua, Neiba, Seibo, Higüey, La Vega, Moca y Puerto Plata fueron utilizadas por los pioneros cafetaleros para crear las primeras fincas.

Tanto fue el entusiasmo entre los campesinos que el primer censo cafetalero realizado en el país en 1874 registró un total de un 1.8 millones de matas de café sembradas en 63 comunidades. Con todo, las exportaciones tardaron algunos años en despegar, pues muchas de las nuevas plantas no se aclimataron bien y su producción fue inicialmente muy exigua.

Además, las primeras cosechas de café comenzaron atendiendo una demanda todavía no satisfecha en el país. A diferencia de las plantaciones de caña de azúcar, cuyo producto no podía ser consumido del todo en el país, las plantaciones de café encontraron un mercado interno dispuesto a consumir su producción.

Por esas razones, y también debido al impuesto de 50 centavos de dólar por quintal, las cifras de exportación entre 1867 y 1879 son bajas y no se observa crecimiento. Sin embargo, cuando los cafetales entraron en plena producción, las exportaciones empezaron a gravitar sustancialmente en la economía dominicana.

En 1881 las exportaciones subieron a 12.997 quintales. Aunque en los años siguientes descendieron de nuevo, las cifras volvieron a aumentar al final de la década y alcanzaron los 13.217 quintales en 1888.

Tras algunos años de oscilación, la economía cafetalera siguió expandiéndose, y llegó a su pleno despegue al terminar el siglo XIX con la incorporación de las montañas de Barahona y Puerto Plata. Sobre el café todavía queda mucho por decir.

 

*Artículo contenido en el libro “La otra historia dominicana”, del historiador Frank Moya Pons. Edición 2009. La publicación en la revista Fucsia ha sido autorizada por el autor.

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